Carlos Carnicero

La Habana, el origen de la vida (Artículo publicado en la revista VIAJAR en 2007)

Cada vez que viajo a Cuba encuentro mi corazón dividido entre las emociones profundas de muchos años y la preocupación por el desenlace de un sueño interrumpido. Mañana viajo a La Habana y me he permitido recuperar este artículo lleno de significados para mi.

La Habana que se observa desde lo alto del Castillo del Morro, al otro lado de la bahía, está escondida detrás de la cortina de un sueño. Nada de lo que se percibe es totalmente cierto o totalmente falso; depende de la disposición del visitante para descubrir los matices de ese misterio. Viajar a La Habana es, ante todo, una traslación nostálgica al pasado; un giro en el tiempo. Aterrizar en La Habana es encajarse en la tramoya de una película inacabada, permanentemente rodada desde los años cincuenta, cuando la revolución cubana decidió intervenir en la historia, modificando los tiempos hasta dibujar sus propios escenarios. Los viejos coches norteamericanos, auténticos dinosaurios prerrevolucionarios, constituyen el atrezzo indispensable de esta representación permanente en la que los desvencijados edificios de la ciudad, huérfanos de competencia inmobiliaria capitalista, obligan a frotarse los ojos para percatarse de que no se ha retrocedido a atmósferas pasadas. En esta ciudad de La Habana, que lucha por mantenerse en pie, nunca se sabe si lo que está enfrente pugna por terminar de ser construido o está apuntalado, para evitar su desplome. Y esa incertidumbre impide apartar la vista, descansarla, y obliga a un `permanente escrutar en sus enigmas. Todo puede ser una cosa y la contraria porque esa es la esencia controvertida del último sueño político personal del siglo XX que ha conseguido colarse en el siglo XXI.
No hay un contexto igual en el mundo porque la ciudad no es un conjunto de comercios y escaparates, de calles ordenadas y edificios simétricos, sino, justamente, su ausencia. Ni siquiera el desorden tiene lógica propia y se devenido por la pura inercia de las tendencias. Las travesías, muchas de ellas descompuestas, cobran vida propia, pero solo para ceder el protagonismo a los naturales de la ciudad. El cubano, en La Habana, se constituye en el eje mismo de la capital, en donde las calles, los edificios y la vegetación exuberante son solo contenedores de las emociones de sus moradores. Si el comercio es lo que sella la identidad de las ciudades y lo que les da razón de ser para satisfacer las demandas y los antojos de sus moradores, La Habana es la única urbe del mundo en el que las transacciones no existen más que en forma de abastecimiento, sin ser esta una circunstancia transitoria por las dificultades de su maltrecha economías, sino el resultado de un proceso ideológico que pretende hacer del hombre un eremita. El fondo del pensamiento del jefe y comandante de esta revolución es eminentemente “ignaciano”, entendiendo por tal la concepción de la sociedad entera como un ejército al servicio místico de un ideal revolucionario. Transportados los cubanos a lo largo de su vida con semejante bagaje, su hábitat natural no está condicionado por el comercio, la competencia o el progreso individual; todos están sometido a dos de los votos fundacionales de la Compañía de Jesús –en la que inequívocamente se educó y formó Fidel Castro Ruz-, la pobreza y la obediencia, sin que exista constancia fehaciente de que en algún momento se hubiera intentando imponer la castidad. De esa manera, entender la ciudad es asimilar un eslogan fiduciario que resume el espíritu de la apuesta política cubana: “Todo el poder para el Comandante en Jefe; dinero para nadie y gloria para todos”.
Desde estos parámetros conceptuales, lo primero que tiene que decidir el visitante bienintencionado es la renuncia a una interpretación simplista de la ciudad, porque La Habana es ante todo un universo complejo, imposible de sintetizar en una primera impresión, donde la belleza radica, sobre todo, en lo que uno sea capaz de sospechar. La tentación es el diagnóstico precoz porque es difícil sustraerse de una visión colonialista, eurnarcisista y engreía cuando lo que se contempla no es fácil de descifrar; entonces lo más socorrido es dibujar espacios elementales en la inteligencia que acomoden lo que no se entiende a lo que queremos interpretar.
Como toda realidad humana, la Habana tiene establecido un orden que es necesario cumplimentar aunque no sea más que para una economía de esfuerzo en su contemplación. El origen de todo peregrino debe ser La Avenida del Puerto. Rodeada por los fuertes españoles -el Castillo de los Tres Reyes del Morro, La Cabaña, la Fuerza y el Segundo Cabo- la bocana del puerto abre una vía de vida hasta el corazón de la ciudad. Cuando a La Habana se arribaba exclusivamente por mar, el fondeadero era directamente el centro de un mundo bullicioso donde las flotas de todos los tiempos, desde que se descubrió el Nuevo Continente, se cobijaban para agruparse en espera de los alisios y al abrigo de los piratas para viajar a Europa. Era también el Puerto de La Habana primera y obligatoria escala en los viajes transoceánicos a cualquier lugar de América; abrigo después de cruzar el Atlántico desde los últimos refugios transatlánticos de las Canarias y las Azores. Luego, cuando la ciudad, desde dentro de los muros, reclamo más espacio, se expandió en una desbandada de barrios sucesivos que han generado una urbe extensa, dilatada y, sobre todo, bulliciosa.
El mar, que le dio la vida, sigue siendo el centro de la ciudad y el espacio donde La Habana se asoma, agresiva, reclamando permanentemente su vocación ultramarina, comerciante y consignataria de sueños y aventuras: al norte se siente Nueva York, como destino final de una escala de Federico García Lorca que estuvo a punto de no volver nunca por quedarse para siempre en Cuba, y se intuye Norteamérica, a la que la política mantiene alejada, apenas accesible, pero que sigue ahí, al alcance de la mano, pese al empeño de nueve presidentes de los Estados Unidos de Norteamérica, que no han percibido, todavía, el afán de eterna independencia de los cubanos; al sur, un continente que siempre tuvo su entrada y su punto de partida en la capital de Cuba. La Habana es ante todo la puerta europea de América o la salida americana de Europa.
Subidos en el pretil del malecón, en las noches de luna llena, cuando el mar está en calma, se auscultan a lo lejos las chirigotas de Cádiz, se huele la Alfama de Lisboa y se sienten, perturbadores, los viejos muelles del Guadalquivir, en una Sevilla que no se puede separar de La Habana en un eterno viaje de ida y vuelta, que no terminará nunca de cerrar ese ciclo de amor y de la historia que sigue tejiéndose, cada día, entre cubanos y españoles.
Desde el malecón se expanden los sueños de todos los habaneros que utilizan este paseo marítimo memorable –solo comparable en su belleza a los de Niza, Rió de Janeiro y San Sebastián- como sala de estar, protéstódromo contra un mundo que no termina de comprenderlos, balcón de los sueños, alcoba de amores para quienes no tienen un cuarto con cerrojo, y escaparate de pícaros que venden todo lo que pueda estar prohibido. Y, sobre todo, el malecón es el refugio donde soportan los habaneros, en las noches tórridas del verano, la esperanza de que sus sueños terminarán por trasportarles hacia un camino exterior, que siempre tiene que tener retorno para combatir la nostalgia insoportable que para un habanero es estar fuera de su ciudad, de la que quiere huir solo para poder volver. El habanero siempre se bate en la esquizofrenia de querer irse al mundo exterior y quedarse siempre en su “Cuba bella”. Y en estas discusiones se le va la vida esperando que los gringos levanten el bloqueo y el gobierno revolucionare afloje los cerrojos de los sueños individuales de cada habitante de esta pequeña isla que se ha empeñado en tener un escaparate ruidoso, desproporcionado y visible desde cualquier lugar del mundo, solo porque el Comandante en Jefe está empeñado en traspasar los muros de la historia.
La Habana creció desde el puerto, desplazándose fuera de los muros defensivos de la ciudad por el Paseo del Prado, en donde a principios del siglo XX exhibían sus casas los poderosos. Luego, los forjadores de la ciudad que importaron el refinamiento de París, los mármoles de Carrara y los modos de vida de Nueva York, se fueron trasladando hacia Centro Habana, El Vedado, y Miramar, en una dispersión que buscaba barrios exclusivos en la medida en que el comercio reforzaba una burguesía depurada, fue capaz de construir, en doscientos años, la más bella y cosmopolita metrópoli de todo el continente americano, solo comparable en la imponente majestuosidad de sus trazados a la ciudad de Buenos Aires, que le tomó la ventaja de los años en que Juan Domingo Perón convenció a cada porteño que era un rico inconsecuente y Fidel Castro reforzaba la austeridad en la que han crecido los hijos de su revolución.
Desde la Plaza de San Francisco, avanzando hacia el Capitolio, recorriendo con paciencia calles que tienen nombres tan españoles como Amargura, Mercaderes, Oficios u Obispo, un cubano ilustre, inteligente y atrevido está consiguiendo el milagro de la reconstrucción de una de las metrópolis más bellas y trascendentes del mundo. Eusebio Leal, distinguido con el merecido título de “historiador de la ciudad”, trata de refundar, cada día, la ciudad de San Cristóbal de La Habana, con el mismo aspecto de cuando la asaltaron los ingleses en 1.762, solo para devolverle la dignidad que le compete como ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad.
Desde el paseo del Prado, cuya grandeza todavía se adivina entre sus edificios desvencijados, el horizonte del turista no puede distanciarse de los acontecimientos políticos que han sido universales durante más de cuarenta años. La Plaza de la Revolución nos recuerda que el Ché Guevara se hizo leyenda en las avenidas de esta ciudad. El Museo de Bellas Artes, que esconde una maravillosa colección de arte cubano e internacional, desvela la sensibilidad de un pueblo capaz de tamizar la luz dura del sol del Caribe hasta hacerla un suave suspiro suspendido en el lienzo. El museo de la revolución exhibe los hitos de ese milagro tratando de mantener vigente una gesta que hoy todavía resulta incomprensible.
El resto de su ciudad son sus moradores en un universo en donde el mestizaje es el soporte de la vida. El reto del transeúnte es descifrar las calificaciones con que los habaneros se denominan en función del color de la piel, del tipo de pelo o del origen y procedencia: blanco, negro capirro, prieto, coloraó, javaó, moro, chino o, sencillamente, amor mío.
Los habaneros se ríen, te asaltan con su sonrisa y su picaresca acaba en donde se define su ingenio para venderte una caja de tabaco o la promesa de un sueño. Los cubanos, con la música de fondo, permanente, sugestiva, imposible de evitar, como el verdadero oxigeno que les permite la vida, te arrastran a un mundo en donde el consumo se colma con una cerveza muy fría para refutar el calor insoportable de cada mediodía o un mojito aromatizado con hierba buena y angostura, que puja la celebridad con los daiquiris frapés para aflojar el cerebro y las piernas al compás del son el bolero o el chá chá cha.
Al atardecer, después de asaltar la Catedral de La Habana, el Palacio de los Capitanes Generales y el Capitolio, la cita, de nuevo, es el malecón para ver esconderse el día en los límites del horizonte, mientras los pescadores regresan envueltos en gomas de camión para buscar cobijo a un pargo, una rabirrubia o un pez perro, botín de una jornada a remojo bajo el sol de Caribe, en aguas que parece mentira que también puedan ser bravas cuando llegan los frentes del invierno.
Entonces, la ciudad recupera el sosiego de la noche. Los viejos coches del pleistoceno capitalista, que viven el milagro de la supervivencia de todos los cubanos, runrunean despacio por el malecón, compatibilizando su lento desplazamiento con la escasez de combustible. Los “almendrones”, taxis colectivos, te llevarían por diez pesos cubanos de una punta a otra de la ciudad si no fueras extranjero. Pero el universo del peso y del dólar -ahora refundado y camuflado como “peso convertible- se diluyen en una dialéctica surrealista entre la moneda propia, desconcertada por la del enemigo del norte, y se funden en abrazos de supervivencia en donde hacerse con la “divisa” es el objetivo de quien te quiere cuidar el coche, limpiar los cristales o explicarte el milagro de la vida.
La noche es también de la música. Los habaneros nacen moviendo las caderas al son de una melodía. Los niños cubanos, al abandonar a su madre, no lloran sino que bailan para decir que están vivos. Los habaneros han fusionado el danzón con la música africana hasta inventar el jazz latino; nos han regalado las habaneras, el bolero, la rumba, el cha chá y el mambo. Los viejitos de Santiago de Cuba, guitarra en ristre, han asaltado el cine norteamericano para hacerse dueños de los escenarios, convertidos en geriátricos vivos en donde los mayores se rebelan contra su propio destino hasta hacerse tan inmortales como Compay Segundo, Pablo Milanés o Beny Moré.
Mientras en las cazuelas se fríen “mariquitas de plátano” y los lechones asados se doran en las brasas, el ron cubano invita a encender un habano, para fumarlo despacio, inhalando el humo que encendieron por primera vez los indios taínos antes los incrédulos españoles, que no tardaron en darse cuenta de que La Habana había que ubicarla en la entrada al paraíso de la “tierra más hermosa” con que Cristóbal Colón no tuvo más remedio que denominar a la isla de Cuba.
Al final del viaje, cuando el portillo del avión nos distancia del paraíso, lo recomendable es aspirar hondo, coger aire húmedo, espeso, abigarrado por el sol y las tormentas del Caribe, y rezar tres padrenuestros sin soltar el aliento, para pedirle a cualquier dios, de los que vinieron de África en los barcos de negreros, que nos de salud y vida para regresar siempre a la ciudad de La Habana, porque allí debió ubicarse el origen de la vida.

4 Comentarios

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  1. JM

    No conozco La Habana, ni Cuba, solo por referencias como ésta suya, “escondida detrás de la cortina de un sueño”. Sin duda es el anticipo de lo que resulta una visión literaria un poco romántica en su acepción de sentimental, generosa y soñadora. A pinceladas, también aparece el periodista escrutador, analítico y denunciante, objetivo a veces, y otras no tanto.

    Para muchos, es un placer disfrutar de libertad para viajar, cambiar de ambiente, conocer tierras, personas y culturas, encontrar paraísos originales y soñar con regresar al tener que abandonarlos.

    Otros no lo echamos de menos. Nos conformamos con poder gozar de las sencillas rutinas del tiempo libre diario en el ambiente en el que nacimos y en el que deseamos permanecer siempre porque disfrutamos del bienestar que proporciona la libertad.

    Es una verdadera fortuna poder elegir cualquiera de las dos oportunidades.

  2. Estudiante

    Nostalgia por mí amada Cuba

    Es emocionante la lectura de su artículo viajero sobre Cuba. Cómo admira, de todas formas, desde la nostalgia los recuerdos de “un sueño inacabado” ¿se refiere también a lo personal? Desde esa ciudad varada en el tiempo que cautiva al viajero que la descubre, y al transitar por sus calles se sorprende de la capacidad de sus gentes para reformular cada día, cada minuto, el futuro prometido que, unos y otros, cercenan con sus promesas de un mundo mejor para ellos.
    Desde muy pequeño siempre que nos hablaban de este país sentía el deseo de que algún día pudiera contemplar y disfrutar de su belleza, esa belleza que usted describe magistralmente de La Habana. Donde se suman las culturas que los españoles impusieron a los nativos, y el cruce de razas y costumbres tan dispares que confluyen en un mestizaje, cuyo resultado, es algo maravilloso en esas lejanas tierras caribeñas. El bisabuelo, Lobardo (Eduardo), tuvo que defender la Ciudad de Santiago de Cuba, desplazado desde Aragón para cumplir con los servicios militares por los que alguien le pagó para que ocupara su puesto en la isla caribeña. Corrían los años (1895-1898). El bisabuelo, a su manera, tartamudeaba y se emocionaba describiendo sus hazañas en Cuba, relataba, pausadamente, sus parajes, sus gentes y sus vivencias llenas de recuerdos. Se asemejaba mucho al relato que Ud. realiza de esa tierra tan extraordinaria.
    Gracias por sus artículos.

  3. Leopoldo Ridruejo Miranda

    Preguntas sin respuesta sobre la Revolucion Cubana:
    ¿Quien manipulo a Fidel Castro para asaltar el cuartel de Moncada?
    ¿Quien protegio a Fidel tras el asalto y propicio su salida de la carcel?
    ¿Quien financio a Fidel en Mexico y por que la policia mexicana no lo detuvo? ¿ Quien propicio la instruccion militar de Fidel y sus hombres en Mexico?
    ¿Por que la policia de Batista no estaba informada sobre la llegada del Gramma a Cuba?
    ¿ Como asi que no hubo infiltrados de la policia y el ejercito en la guerrilla de Fidel en la sierra?
    ¿ Por que se fue Batista, o mejor dicho: quien controlaba la policia y el ejercito de Batista?
    ¿ En que medida le ha podido interesar a la masoneria americana y sus militares tener un monigote comunista junto a sus costas durante 50 años?

  4. rafa tom

    Nunca he estado en la Isla, ni creo que vaya a estarlo por aquello de mi fobia a los aviones, artefactos de los cuales no me fío ni un pelo, son artilugios para mi un pelin peligrosos, tendré que ir a un psicólogo, supongo.

    Solo un escueto comentario, el problema radical o los problemas radicales que tiene Cuba son: el trasnochado comunismo y la agobiante presión/presencia de los Estados Unidos del Norte de América, todo lo demás no sirve.

    Como acabar con ese anacronismo?, que desaparezcan los actuales dirigentes del País por causas naturales, entonces todo cambiara.

    He de decir que solo he leído una parte de su articulo, me ha parecido muy dulce, como todo lo Cubano, se nota que pasa mucho tiempo en esa maravillosa isla (por lo que he podido ver a través de internet).

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