José Saramago: una luz brillante en un mundo oscurecido
He tenido el inmenso privilegio de conocer a José Saramago y a su esposa Pilar del Río. He compartido con ellos algunos momentos llenos de inteligencia, de rigor intelectual, de generosidad y de compromiso con la humanidad.
Y hoy se me ha quedado el alma helada con la noticia del fallecimiento de José. Sencillamente él no estará más y nos tendremos que conformar con su obra, que es mucho, un lujo para este mundo desorientado.
Con Pilar del Río me han unido y me seguirán uniendo muchas horas de conversaciones en programas de radio que hemos compartido. Pilar, siempre punta de lanza, coraje -a veces desbordado-, compartiendo con su marido, el maestro, los agotadores viajes para apoyar la causa del Pueblo Palestino, para hurgar en soluciones audaces para un mundo con el que Saramago nunca estuvo conforme, sin decir nunca que no a todas las causas perdidas en las que siempre se involucró.
José Saramago era generoso en su compromiso intelectual; defensor de las causas en las que creía sin importarle nunca razones de conveniencia u oportunidad: su mirada, de una inteligencia pícara y subversiva, era guía siempre de ideas innovadoras, atrevidas y rebeldes.
Hace tan sólo cinco días, mientras yo estaba en Hora 25, Cadena Ser, Pilar me mandó un chat –lo hacía con determinada frecuencia- para apostillar su opinión sobre lo que estábamos discutiendo en el programa. Le pregunté por José y me dijo que estaba malito pero que “vivían cada día como si estuvieran siempre empezando”. Me emocionó.
Le dije que si José estaba animado en el mes de Julio, me encantaría ir a conversar con él a Lanzarote, aunque sólo fuera media hora. Nunca más podré celebrar ese privilegio de un poco de tiempo con uno de los más comprometidos intelectuales que quedan en este mundo oscurecido. José Saramago siempre tendrá un gran hueco en mi memoria. Por encima del escritor brillante y prolífico, siempre estará el hombre dispuesto a navegar en contra de la corriente con un coraje incomparable.
Pilar, te deseo que seas fuerte porque has perdido algo verdaderamente irreparable. Tu consuelo son los años en los que has tenido cada día a José Saramago al alcance de tu mano. Un abrazo abrasador desde el fondo de mi alma herida
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