Irritación e indignación existen; Los sindicatos no han sabido canalizarlas.
El fracaso objetivo de la huelga de funcionarios es un aviso in extremis para los sindicatos que pueden perder lo que les queda de legitimidad. Hace tiempo que lo sindicatos están burocratizados. Las bajas tasas de afiliación, las subvenciones que reciben y que es lo que les permite mantener sus estructuras, no han colaborado a acercar su labor de interlocución a los trabajadores. Sus coqueteos permanentes con el poder secundando medidas populistas (los cuatrocientos euros) no han aumentado su autoridad.
Una reflexión para el futuro: la preocupación en la calle es más profunda que el significado de apoyar una huelga. Existe miedo al futuro. Y el miedo paraliza.
Hacen falta reflexiones profundas sobre el papel de los sindicatos en el siglo XXI y liderazgos con propuestas de futuro. Si los sindicatos no se ponen las pilas sufrirán una desafección mayor que la de los partidos, si no la tienen ya.
La respuesta tiene que ser ideológica y programática. Como a la socialdemocracia política, lo sindicatos llamados de clase se han quedado sin discurso y eso es demoledor para la sociedad: tienen que medir muy bien sus pasos y no dejarse atrapar por el compromiso ineludible de una huelga general. Un fracaso sería letal.
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