Gobernar o manifestarse (El dilema de Montilla)
La mayoría de los expertos en derecho constitucional han determinado que la sentencia del Estatuto de Cataluña no disminuye su capacidad de autogobierno –excepto en los temas de Justicia que se pueden reformar por vía de ley orgánica- y, por el contrario, establece de forma definitiva un modelo autonómico con las más amplias facultades, equiparables a un estado federal, o incluso superiores. Lo que han hecho los magistrados fundamentalmente es recalcar la supremacía de la Constitución española sobre los estatutos o sobre cualquier otra ley, y determinar de forma bien explícita que la soberanía del pueblo español es indivisible y está referida a la única nación española. Nada que no supiera quien lo quisiera saber. Se salvan emocionalmente las definiciones de nación como sentimiento sin determinación ni consecuencia jurídica y los símbolos. Con respecto a la lengua, se determina la igualdad de los idiomas oficiales, lo que inevitablemente enmendará un modelo en el que se tendrá que poder elegir estudiar en castellano o en catalán; corrigiendo el despropósito de que se pueda estudiar en alemán, como hacen los hijos del president de la Generalitat, y no en cambio en castellano. Es decir, hasta ahora, sólo si se tenía dinero se podía elegir un idioma distinto del catalán para estudiar, siempre que no fuera el castellano.
Frente a esta realidad, nadie, excepto naturalmente el PP, quiso evitar la vía de la protesta contra la sentencia; mejor dicho, no contra la resolución sino contra la intromisión del Tribunal Constitucional por tocar una coma del Estatuto. Consideran los representantes de las instituciones de Cataluña y de todos los partidos -excepto PP- que no cabe interposición entre la determinación del pueblo de Cataluña en referendo y la ley resultante.
Bueno, todo esto, como los extras en los automóviles, es opcional: José Montilla y todos los políticos catalanes eligieron la vía electoralista de calentar los ánimos en vez de resaltar los beneficios. Como los muchachos que hacen pis para ver quien llega más lejos, los políticos catalanes se apresuran a sembrar la frustración y el descontento como fórmula para recoger réditos electorales.
La primera resultante es que frente al éxito de público de la manifestación -cuyo tradicional baile de cifras oscila entre los sesenta mil asistentes y el millón y medio- la deriva soberanista acabó en el intento de agresión al presidente Montilla que a los gritos de traidor -“botifler”- tuvo que esconderse en una dependencia oficial.
La disyuntiva permanente de un gobernante es decidirse por ejercer su oficio como estadista o como político. El estadista juega con los largos recorridos y con los intentos de solucionar los problemas para convertir en ventaja lo que es un déficit. José Montilla ha elegido encabezar la manifestación en vez de dedicarse a gestionar los problemas de una comunidad socavada por la corrupción, con déficit de funcionamiento de sus servicios y con desesperanza en muchos sectores de su población: es mucho más fácil sembrar la frustración que manejar con talento la esperanza.
Ahora, Montilla, exacerbados los sentimientos nacionalistas por el manejo de una sentencia que es, al mismo tiempo, un triunfo frente a las pretensiones caducas del PP y una tragedia emocional para el catalanismo, desde su escondite en una consejería para no ser linchado por los más exaltados seguidores de las tesis de la frustración, tendrá que afrontar una elecciones en donde el radicalismo tiene carta de naturaleza. Me parece que José Montilla se ha equivocado en todo.
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