ETA, el final de los duros y las intrigas de Mayor Oreja
Hay una ecuación que no falla: los asesinos de ETA, todos, terminan en un oscuro calabazo para pasar a prisión. Ha sucedido con los que mataron a sangre fría a los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en las afueras de Capbretón, en las Landas francesas. Ya no queda en libertad ninguno de los etarras que participaron en ese crimen. Ese mensaje, sin duda, es también nítidamente captado por etarras que están todavía en libertad.
Ahora se produce una conjunción astral basada en los aciertos del ministerio del Interior en la que prácticamente todos los jefes duros de ETA, los que apuestan siempre por seguir matando, están en el talego. Todavía hay que esperar para averiguar quien cogerá el relevo del último jefe militar de ETA, Mikel Kabikoitz Karrera Sarobe, Ata, y de Arkaitz Agirregabiria del Barrio, quien estaba llamado a sucederle y es sospechoso del asesinato de un gendarme francés en las afueras de París cuando trataban de robar coches para realizar atentados.
Y esa conjunción facilita que los miembros del entorno de la banda terrorista que se han percatado de que la derrota policial de ETA es inevitable y apuestan por la liquidación de la violencia, tomen más fuerza en el conglomerado de eso que se llama “izquierda abertzale”.
Frente a las interpretaciones mezquinas, obscenas y miserables que encabeza el ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, hay una realidad que se impone: si existiera un proceso negociador no sería razonable el empeño con el que el Ministerio de Interior dirige sus fuerzas contra el corazón de ETA. Pero claro, la interpretación torticera define que se detiene a los duros para dar cancha a los blandos.
No creo que nadie que tenga solvencia ética pueda enojarse que caigan antes los duros que los blandos, en el supuesto que tal decisión simplista, tuviera cabida en un análisis desinteresado.
Si toman el mando de ETA quienes quieren rendirse, será sin duda una buena noticia. Una rendición, un desistimiento, no tiene que ser producto necesariamente de una negociación: cuando el enemigo está agotado, no espera refuerzos y se queda sin munición solo le queda la elección entre la rendición y la muerte. A nadie se le ocurriría, en esas circunstancias, acusar a quien está victorioso de debilidad ante el enemigo. Sólo a Jaime Mayor Oreja que tiene todo los méritos para ser consagrado como el político más oportunista, irresponsable y miserable de la democracia española: llegó a decir que el presidente del Gobierno constitucional y ETA compartían los objetivos de debilitar a España. Incomprensiblemente este político ultraconservador sigue en activo, sigue siendo eurodiputado del PP y no ha sido desautorizado por su partido.
Todo ocurre porque hay un escenario que horroriza a Mayor Oreja y a quienes dirigen el PP: que una eventual rendición de ETA, que ésta organización terrorista anuncie su disolución y el cese de sus actividades terroristas pudiera ser el balón de oxigeno para el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Entonces, en ese supuesto, la pregunta obligada es:¿prefieren ustedes una derrota de Zapatero que el final de la violencia terrorista sin negociación política, por la vía del acoso policial y del desistimiento de los etarras? Ese es el rumbo de la política marcada por el ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Y, salvo que alguien demuestre lo contario, es impecable.
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