El pueblo palestino atrapado entre Estados Unidos y Alemania
El buque Rachel Corrie -que lleva este nombre en memoria de la activista que murió aplastada por una excavadora del ejército de Israel en Gaza, en 2006, cuando intentaba impedir la demolición de una casa Palestina con su propio cuerpo- fue ayer conducido por la fuerza al puerto israelí de Ashdod. Las autoridades de Israel tuvieron el cinismo de afirmar que no había habido violencia porque la actitud de la tripulación fue distinta que en el ataque a la flotilla. Los disparos en la cabeza y por la espalda, las torturas detectadas en las exploraciones médicas de los heridos, ya en territorio turco, hablan claramente de las mentiras de Israel, cuyo aparato de propaganda, empezando por el embajador en Madrid, estaría haciendo el ridículo si no escondiera detrás de estas falsedades una sofisticada maquinaria de matar.
Estos días más que nunca se están demostrando dos cosas.
Primera, que Israel, con su política de desprecio a los derechos humanos y a las leyes internacionales, está perdiendo la batalla de la opinión pública mundial. Un aliado fundamental en la zona, Turquía, ha dejado de serlo; y con la presión de la opinión pública de este país islámico, tiene garantizada la hostilidad del único país de la zona con el que tenía una alianza estratégica. Egipto, de momento, ha tenido que abrir el paso de Rafá y tendrá dificultades para mantener el bloqueo de Gaza desde su territorio. La soledad de Israel sólo está acompañada por Estados Unidos y por una Unión Europea pasiva y esclerotizada que cada vez pinta menos en el mundo.
Segunda: no habrá cambios en la política de Israel de bloquear cualquier intento de negociación que conduzca a la constitución del estado palestino y a garantizar la seguridad del estado de Israel mientras no se produzca un giro en la percepción del problema de la opinión pública norteamericana sobre este conflicto.
Estados Unidos tiene dos aspectos de su política exterior prisioneros de intereses electorales. La solución del contencioso con Cuba y la política sobre el conflicto palestino israelí.
En el primero de los casos, la administración Obama ha dado pasos interesantes y emitido algunos mensajes novedosos con respecto a los nueve presidentes estadounidenses que se han enfrentado con Fidel Castro, fracasando en todos los frentes: desde el bloqueo económico hasta el apoyo e impulso de acciones de guerra y actos terroristas contra intereses y personas cubanas. Cincuenta años de fracasos dan para una reflexión. Y los resultados del Partido demócrata en La Florida le han permitido a Barack Obama un giro en el enfoque del conflicto con Cuba. Estados Unidos ha pedido gestos a Cuba y de momento, los más esperanzadores, son el papel que está jugando la Iglesia Católica cubana en la mediación sobre la situación de los presos que tienen motivaciones políticas. Es un camino abierto en el que todavía no hay resoluciones dignas de consideración. Poro lo importante es que se ha detectado ya que el lobby más radical de cubanoamericanos no tiene la capacidad en la actualidad para secuestrar totalmente la política norteamericana hacia Cuba.
En el asunto de Israel las cosas son diferentes. Por un lado, los poderosos lobbys judíos norteamericanos tienen sincronizada al milímetro sus posiciones con el gobierno de Israel. La respuesta de los judíos norteamericanos organizados es de incondicionalidad absoluta con Israel por muy bárbaras que sean sus actuaciones.
Barak Obama ha hecho algunos ensayos de distanciamiento, pero tímidos y limitados. El primero, la respuesta al anuncio de construcción de nuevos asentamientos dentro de la parte árabe de Jerusalén estando el vicepresidente Josep Biden en Israel. La respuesta norteamericana fue de una dureza desconocida hasta esa fecha y provocó unas tenues disculpas del gobierno de Tel Aviv, sólo en lo que concernía a la inoportunidad del anuncio estando el número dos de la administración norteamericana en Israel.
Y la segunda ha sido la suspensión de la visita programada de Benjamín Netanyahu a Washington, cuando ya se encontraba en Canadá, con motivo del asalto a la flotilla humanitaria.
Pero la reacción norteamericana ha sido tenue, lamentando las víctimas pero sin condenar la acción de Israel; un reflejo de la posición del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
El giro en la opinión pública norteamericana es complejo y difícil. En primer lugar por los argumentos ya expuestos del poderío de los lobbys judíos, cuya influencia en las campañas electorales y su poder en los medios de comunicación son muy fuertes. Pero además, el mundo islámico goza de grandes prejuicios en la sociedad norteamericana incrementados con el ataque a las Torres Gemelas, y la percepción de los ciudadanos de que sus amenazas exteriores provienen de un mundo en el que no les resulta fácil discernir entre los países, salvo aquellos que son aliados explícitos de Washington, como es el caso de Arabia Saudí, Kuwait y hasta ahora Turquía, miembro de la OTAN. La acusación de organización terrorista a Hamás es una vía de complejidad para la percepción norteamericana de la situación en Palestina.
En la medida que Israel se reafirme en la brutalidad de sus conductas hacia Palestina y en su obcecación con seguir ocupando y expandiendo su presencia en los territorios ocupados se producirá un lento avance en la conocimiento de los ciudadanos norteamericanos del problema: pero que nadie espere milagros. De momento hay presiones norteamericanas para que se levante el ilegal bloqueo a Gaza, pero de ahí a que se produzca hay un enorme camino.
Y por último, la Unión Europea está secuestrada por su propia inoperancia, por el nombramiento de Tony Blair –quemado como interlocutor por su posición en la guerra de Irak- como encargado de gestionar el conflicto árabe palestino y por la actitud de Alemania de incondicionalidad con todos los asuntos relacionados con Israel.
Alemania tiene un enorme problema de culpa con Israel, porque aunque los actuales alemanes no tengan que ver directamente con la barbarie del Holocausto, las heridas de la historia tardan en curarse generaciones. De esa manera, cualquier actitud crítica de la Unión Europea hacia Israel es inmediatamente congelada por la política alemana. Otra vez el Holocausto proporciona patente de corso a Israel desde otro ángulo, esta vez muy concreto, de la política exterior alemana y de la Unión.
Los demás países de la Unión Europea tienen que empezar a exigir a Alemania que tenga autonomía en su percepción del problema palestino. Ocurre además en un momento en que Alemania ha preferido fomentar los nacionalismos en vez de ser el impulsor y principal financiador del proyecto europeo. Esa posición histórica de Alemania –de ser vanguardia en las políticas de impulso de la Unión Europea- ha finalizado con la llegada de Ángela Merkel. En justa contraposición, los complejos de los demás países ante la generosidad económica alemana debieran también amortiguarse.
Si se avanza en la posición crítica de la Unión Europea hacia los abusos de Israel y se producen cambios sustantivos en la opinión pública norteamericana, el problema podrá tener una esperanza de solución. Si seguimos igual, el avance será lento y a costa del genocidio que Israel está llevando a cabo con el pueblo palestino antes la indiferencia de los estados. Pero la opinión pública mundial avanza en su desprecio hacia Israel, lo cual también convoca al peligro de que se distorsione la necesidad de una paz justa que garantice los derechos del estado hebreo y del palestino. Los judíos no son el problema; ellos merecen el apoyo a una posición de seguridad que defienda su derecho a un estado y a un territorio: el problema son sus gobernantes. Eso no puede perderse de vista para no caer una vez más en la terrible querencia de la historia hacia el antisemitismo.
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