El lamento catalán
Hay dos sentimientos que son fáciles de incendiar: las bajas pasiones y la sensación de engaño y frustración. Incluso es una táctica mercantil para conseguir posición de ventaja. Los hechos no se corresponden con los resultados cuando quien tiene poder y capacidad para hacerlo traslada influencias en la dirección de la desilusión y la desafección: los mayores logros pueden parecer insuficientes si se tiene la habilidad de presentar los resultados en esa clave que es mucho mas psicológica que real. Pero es fácilmente contagiosa.
En España se han producido movimientos encadenados tendentes a la inconformidad. El primero de ellos, la moda de considerar la transición como un acto de dejación de derechos y una maquinaria de consecución de mínimos por lo que ahora se consiera un acobardamiento colectivo frente a lo que entonces se llamaban “poderes fácticos”. Denostar la transición y a quienes la protagonizaron es un deporte que practica la progresía reciente y los nacionalismos periféricos por distintas causas con resultados coincidentes. Y está enlazada con el ninguneo proferido por José Luis Rodríguez Zapatero hacia los dirigentes históricos del PSOE que protagonizaron esa transición.
Para justificar que la transición fue nefasta, se establece que el franquismo y los franquistas están vivos y han quedado impunes. Otra simplificación: el franquismo es un movimiento político tan muerto como sus promotores. No conozco a nadie en España que defienda el movimiento nacional, la desaparición de los partidos y la nulidad de los derechos democráticos: cuando se reúnen lo resididos de aquel franquismo en una demostración nostálgica, no llegan al centenar de personas que parecen ovnis fuera de este mundo.
Lo que sí existe es una ultraderecha o derecha dura que está la mayor parte de ella incluida en el Partido Popular, que no renuncia a esa parte del electorado: no es franquismo, es sencillamente derecha ultramontana que encuentra acogida en el PP. Son insoportablemente reaccionarios, pero es un error conceptual tacharlos de franquistas.
La tercera digresión es la de deuda permanente con los representantes nacionalistas de las comunidades denominadas históricas. La Constitución de 1.978 ha sido el soporte legal del mayor grade autonomía imaginable en el que el estado ha traspasado casi todas las competencias con excepción de la política monetaria –que está en manos de la Unión Europea- la política exterior y de defensa y algunos asuntos relacionados con puertos, fronteras y aeropuertos. No es fácil encontrar un estado federal que disponga de un grado de autonomía como la catalana.
Los nacionalistas nos han acostumbrado a un lamento que no tiene fin. Ahora, el Tribunal Constitucional ha establecido que sólo existe una nación y una soberanía que no admite fraccionamientos. Estaba claro, pero la pulsión nacionalista es considerar que su territorio es una nación independientemente de lo que diga la Constitución, a la que tienen tanta aversión como a la bandera de España. Y no hay pérdida de competencias, pero ellos planean una nueva ofensiva para que su lamento, convertido en reivindicación, les permita ahora arañar más competencias en una carrera sin meta fijada.
La izquierda española no ha admitido que democracia y nacionalismo no son conceptos unidos y obligatorios; es más, casi por definición la izquierda no puede ser nacionalista por su sentido universal de la solidaridad. Pero la trama de tantas cuestiones falsas encadenadas ha determinado que como el franquismo también persiguió a los movimientos nacionalistas, no ser nacionalista es demostrar una carencia antifranquista.
Del franquismo sólo queda pendiente el reconocimiento de la dignidad de las víctimas y esa es una de tantas tareas que Zapatero planteó y no ha sido capaz de culminar. En vez de reclamar al Gobierno invocan el franquismo como problema vigente.
Entonces, quienes no tienen imaginación ni capacidad para plantear causas de futuro que tiendan a la igualdad económica, a la independencia de los mercados y a una reconstrucción de la izquierda, se han inventado una lucha antifranquista que es metafísicamente imposible , porque no se puede luchar contra lo que no existe: los que tienen edad para ello, perdieron la oportunidad de ser antifranquistas cuando el dictador y su equipo estaban vivos y activos: ahora, enterrado el franquismo por la Constitución y las duras condenas para quienes intentaron los golpes de estado contra la democracia, ser antifranquista es un juego de salón sin ningún riesgo y ninguna épica porque todos los representantes de la dictadura están muertos.
El lamento catalán nos hace a todos estar pendientes del estado de ánimo que trasladaran José Montilla y los demás líderes, confesos o no, del nacionalismo catalán. Pero parece que no importa el estado de ánimo de muchos españoles demócratas, progresistas y defensores de la Constitución y los estatutos de autonomía a los que nadie les hace caso porque se ha establecido que su falta de comprensión y su agotamiento con los lamentos nacionalistas son sentimientos no democráticos. Y detrás de esa falsedad se fabrica continuamente la conversión del lamento catalán en reclamo y este en concesión. Y así se nos va la vida y se nos va la oportunidad de que una España democrática juegue un papel en este mundo democratizado y cambiante. Ahora el presidente Zapatero hará todo lo necesario, “cueste lo que cueste” para resarcir a los nacionalistas catalanes de la afrenta que les ha proferido el Tribunal Constitucional por cumplir con la ley y con su obligación.
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