De nuevo en Buenos Aires
Buenos Aires tiene para mi una atracción poliédrica basada sobre todo en sus contradicciones. Es una ciudad americana que quisiera ser europea y, al mismo tiempo, es avanzadilla europea en América Latina. Su puerto, que es la gran esencia ignorada de esta ciudad, le permitió existir y es una ventana abierta al mundo por la que se ventila y circula sobre todo la cultura. Su clase dirigente -los ricos y los caciques, que siempre son, además ricos- es insoportable; pero eso es una constante no sólo de este continente. Pero en Buenos Aires circula la palabra como en ningún otro lugar del mundo; y siempre ocurre en busca de una explicación razonable sobre asuntos que si no son complejos terminan por adoptar esa condición. La levedad es sinónimo de mal gusto e incultura. Eso me satisface.
Siento paz en Buenos Aires donde tengo amigos nuevos que ya parecen viejos. Y es fácil establecer nuevas relaciones si la palabra se acomoda al uso que aquí se hace de ella. El verbo, en Buenos Aires, se puede hacer carne.
Es una pena que la política sea tan desconsiderada con los ciudadanos: herencia española e italiana. Caudillos nuevos que parecen también viejos. Sólo son insoportables, de verdad, las terribles desigualdades: aquí son más evidentes porque la potencialidad de esta nación es considerable.
Los argentinos intuyen que aman a La Argentina, pero no saben quererla con talento: y sería tan fácil hacer de este país un inmenso orgullo continental.
Me siento bien en La Argentina, que ya he adoptado como una de mis patrias: no estoy dispuesto a morir ni a matar por ninguna de ellas; y eso, sin duda, me conferirá la condición de traidor para muchos falsos patriotas. Eso también me satisface.
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